La Gran Época.

Nota del editor: A principios de febrero, en el marco de la Audiencia del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, una carta conmocionó a la comunidad internacional. Se trata del testimonio del abogado Gao Zhisheng –uno de los hombres más reconocidos por la comunidad debido a su épica lucha por el respeto a los derechos humanos dentro de China– en el que describe cincuenta días de torturas inimaginables por parte de la dictadura comunista china luego de ser detenido en 2007 por escribir una carta abierta al Congreso de Estados Unidos, en la cual pedía apoyo internacional para remediar la “grave” situación de derechos humanos en China previo a las Olimpiadas de Beijing 2008.

Nota del editor: Gao Zhisheng trabajó para una amplia gama de grupos vulnerables como mineros, víctimas de demoliciones forzadas de hogar y miembros de las iglesias clandestinas. También escribió cartas abiertas al Congreso Nacional Popular de China demandando el cese de la persecución a Falun Dafa (Falun Gong).

Reveló la supresión a las iglesias cristianas “de hogar” o clandestinas, demandó a funcionarios locales corruptos y proveyó asistencia legal a Chen Guangcheng, un conocido activista de derechos humanos ciego que lucha contra la pobreza rural, los abortos forzados y la esterilización forzada.

Después de ser considerado uno de los diez mejores abogados de China por el Ministerio de Justicia de ese país, en 2005 el régimen comunista le prohibió a Gao ejercer la abogacía debido a sus protestas contra los abusos de derechos humanos. El 15 de agosto de 2006, Gao fue raptado por las autoridades y más tarde fue detenido oficialmente bajo el cargo de “incitar la subversión al poder del Estado”. El 12 de diciembre de 2006, un tribunal realizó un juicio sin permitir que el abogado de Gao defendiera su caso. El 22 de diciembre del mismo año, Gao fue sentenciado a tres años de cárcel que se convirtieron en 5 años de arresto domiciliario gracias a la presión internacional.

Según un comunicado de la organización Human Rights Watch citado por la agencia Associated Press, Gao reapareció el pasado 3 de febrero después de permanecer incomunicado por la dictadura comunista china durante dos años, pero fue raptado nuevamente el 9 de febrero luego de que finalizara el Examen Público sobre China del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Fue en el ínterin cuando trascendió su estremecedor relato.

GAO ZHISHENG

Estas palabras que escribí hoy serán reveladas finalmente algún día. Expondrán el verdadero rostro de la China de hoy y mostrarán la verdadera esencia y características inimaginables del ‘partido gobernante’ en este país.

Seguramente estas palabras traerán desagrado e incluso perturbarán a los confusos sentimientos de los “buenos amigos” y “socios agradables” en el partido comunista chino (PCCh) de hoy, si es que estos “buenos amigos” y “socios agradables” tienen aún en su corazón alguna consideración por la conciencia humana y la moralidad.

Hoy, el repentinamente rico PCCh no solamente se ha hecho de más “buenos amigos” y “socios” internacionales, sino también ha gritado cada vez más y más fuerte consignas perversas como “China es un país con Estado de derecho”. Ambas cosas son desastrosas para el progreso y desarrollo de los derechos humanos del pueblo chino.

El 21 de septiembre de 2007, alrededor de las 20 horas, las autoridades me advirtieron verbalmente que debía asistir a una sesión de reeducación. Me di cuenta de que esta vez pasaban cosas inusuales. La policía secreta que normalmente me seguía de cerca guardaba mayor distancia. Ese día caminaba por la calle y, cuando di vuelta en una esquina, seis o siete desconocidos se dirigieron hacia mí. De repente, recibí un golpe en la nuca y caí al suelo; alguien me jaló del cabello, e inmediatamente me pusieron un capuchón negro en la cabeza.

Me subieron a un vehículo. No podía ver, pero me pareció que había dos asientos con un espacio en medio. Me pusieron en ese espacio, en el piso, con mi mejilla derecha contra el suelo. Entonces una bota me aplastó la cara para inmovilizarme. Muchas manos empezaron a registrarme por todos lados. Me quitaron el cinturón y lo utilizaron para atar mis manos por detrás, en la espalda. Al menos cuatro personas pusieron sus pies sobre mí para inmovilizarme.

Más o menos 40 minutos después, me sacaron del vehículo. Mis pantalones estaban caídos hasta las rodillas. Me llevaron a una pieza. Nadie me había hablado hasta ese momento. Entonces me quitaron el capuchón que cubría mi cabeza e inmediatamente empezaron a insultarme y a golpearme. “#@&!, llegó el día de tu muerte. Hermanos, démosle hoy una lección brutal. Golpeémoslo hasta que muera”.

Enseguida, cuatro hombres con picanas eléctricas comenzaron a golpearme la cabeza y todo el cuerpo. No se oía más que el ruido de los golpes y mi agónica respiración. Me golpeaban con tanta violencia que mi cuerpo empezó a temblar sin control.

“¡No lo dejen descansar!”, gritó uno de ellos, que más tarde supe se llamaba Wang. Después, un hombre muy alto y fuerte (1,90 m) me tiró del cabello para levantarme del suelo. Wang comenzó a golpearme en la cara con toda su fuerza. “#@&!, no eres digno de llevar ropa negra. ¿Eres jefe de la mafia?, quítate toda la ropa”.

Me quitaron toda la ropa y quedé completamente desnudo. Wang gritó de nuevo, y alguien me golpeó las piernas por detrás y me desplomé al suelo. El hombre alto continuó jalándome del cabello para forzarme a ver a Wang.

En ese momento pude ver que había 5 personas en la habitación. Cuatro de ellos tenían picanas eléctricas y el otro tenía mi cinturón. “Escucha bien, Gao, hoy tu gente solo quiere que tu vida sea peor que la muerte. Te digo la verdad, tu asunto no es solamente entre tú y el gobierno”. “¡Mira el piso! No hay una sola gota de agua, pero en un momento tendrás agua por encima de tus tobillos. Dentro de un rato sabrás de dónde viene el agua”.

Mientras Wang decía esto, me electrocutaban la cara y el torso con las picanas eléctricas. Wang gritó luego: “¡Vengan muchachos, segunda lección!”, entonces me electrocutaron todo el cuerpo con las picanas. Todo mi cuerpo, mi corazón, mis pulmones y mis músculos empezaron a saltar bajo la piel de manera incontrolable. Me retorcía de dolor en el piso, tratando de arrastrarme. Entonces, Wang me electrocutó mis genitales.

Mis súplicas de que pararan provocaban risas y más torturas inimaginables. Wang enseguida electrocutó mis genitales tres veces más mientras gritaba ruidosamente.

Después de varias horas así, ya no tenía fuerzas para suplicar y mucho menos para tratar de escapar. Pero mi mente estaba aún clara. Sentía que todo mi cuerpo tenía espasmos violentos cuando la picana me tocaba. Sentía claramente cómo algo de agua se esparcía sobre mis brazos y piernas mientras me sacudía. Ahí me di cuenta de que era mi propio sudor, y comprendí lo que Wang quiso decir sobre el agua.

Parecía que los torturadores mismos también estaban cansados. Antes de que cayera la noche, tres de ellos abandonaron la habitación. “Regresaremos más tarde para darte la siguiente lección”, dijo Wang.

Los dos hombres que quedaron en el cuarto pusieron una silla en el centro, me levantaron y me sentaron en la silla. Uno de ellos tenía 5 cigarrillos en la boca. Un hombre se paró detrás de mí, y el otro, el de los cigarrillos, se puso adelante.

El hombre que estaba atrás me tomó del cabello y empujó mi cabeza hacia delante y abajo; y el otro empezó a usar los cigarrillos para llenar mi nariz y mi ojos de humo sin parar. Lo hicieron con suma paciencia. Después de un rato, ya no sentía nada aparte de algunas lágrimas mías que caían sobre mis piernas. Esto continuó por cerca de dos horas.

Enseguida, otros dos hombres llegaron para reemplazar a los dos anteriores. Ya no veía nada, porque mis ojos estaban hinchados y cerrados. Los dos nuevos empezaron a hablar: “Gao, ¿puedes escuchar con tus dos oídos aún? Te digo la verdad, estos dos son expertos en reprimir a mafiosos. Son duros. Esta vez fueron escogidos especialmente y con cuidado por las autoridades más altas”. “¿Puedes escuchar quién soy? Mi apellido es Jiang. Te seguí en Xiajiang después de tu liberación el año pasado”.

“¿Eres el de la ciudad de Penglai, en Shandong?”, pregunté. “Sí, tu memoria todavía es buena. Te dije que regresarías tarde o temprano. Cuando vi cómo te comportaste en Xiajiang, sabía que regresarías. Menospreciaste incluso a nuestra policía. ¿No deberíamos darte una lección mejor? Escribiste esa carta a los miembros del Congreso americano. Mírate, traidor. ¿Qué puede darte tu señor americano? El Congreso americano no vale nada. Acá es China. Es el territorio del partido comunista. Matarte es tan fácil cómo aplastar una hormiga. Si osas seguir escribiendo tus estúpidos artículos, el gobierno tiene que mostrarte claramente su actitud. ¿Has visto esa actitud esta noche?”, dijo Jiang lentamente.

Pregunté: “¿Cómo pueden tratar a quienes pagan los impuestos con semejantes tácticas mafiosas? ¿Cómo podrán enfrentar a millones de ciudadanos chinos en el futuro?”

“Por eso es que mereces ser golpeado”, respondió Jiang. “Tú lo sabes en tu corazón mejor que nadie. Los ciudadanos no cuentan para nada en China. ¿Para qué hablas con esos términos como ‘ciudadanos’?”

Mientras decía esto, alguien entró al cuarto. Reconocí la voz de Wang. “No le hables con tu boca. Dale algo real. Tus hombres han preparado doce lecciones. Anoche, terminamos solo tres. A tu jefe no le gusta hablar, así que en un momento vas a ver que vas a comer tu propia m*** y beber tu orina, y te vamos a picar los genitales con escarbadientes. No hables aún sobre la tortura del partido comunista, ¡porque ahora mismo te vamos a dar una lección completa! Tienes razón, torturamos a Falun Gong. Todo es cierto. Las doce lecciones que te vamos a dar fueron practicadas en Falun Gong. De verdad, no tengo miedo de que continúes escribiendo. Podemos torturarte hasta que mueras y nadie encontrará tu cuerpo. Forastero despreciable [es decir, que no es de Beijing] ¿Cómo te atreves a ser tan arrogante en Beijing?”. “Démosle otra lección”.

En las horas de tortura que siguieron me desmayé varias veces por la falta de alimento y agua y la sudoración abundante. Estaba tirado desnudo sobre el piso frío. Sentí varias veces que alguien venía, abría mis ojos y me encandilaba con una luz para ver si aún estaba vivo.

Cuando me despertaba, sentía un olor apestoso a orina. Mi cara, nariz y cabello estaban impregnados. Obviamente, aunque no supe cuándo, alguien había orinado sobre mi cara y mi cabeza.

Estas torturas continuaron hasta el mediodía del tercer día. No sé de dónde saqué la fuerza para resistir, pero de alguna manera forcejeé para escaparme de sus garras y comencé a golpear mi cabeza contra el borde de la mesa. Gritaba los nombres de mis dos hijos (Tiangyu y GeGe) con voz agónica mientras trataba de suicidarme. Pero no lo logré. Doy gracias a Dios todopoderoso. Fue Él quien me salvó. Sentí que fue Dios quien me sacó de ese estado y me dio vida.

Mis ojos estaban llenos de sangre después de haberme golpeado la cabeza de esa manera. Me caí al suelo. Inmediatamente, tres personas se sentaron sobre mi cuerpo. Uno estaba sobre mi cabeza. Reían. Decían que había intentado matarme para asustarlos y que habían visto esto muchas veces.

Me siguieron torturando hasta la noche. Ya no veía nada con mis ojos, pero aún podía oír a los torturadores; y otra vez regresaron después de cenar.

Uno de ellos vino a jalarme del cabello para enderezarme. “Gao, ¿tienes hambre? Dinos la verdad”. “Tengo mucha hambre”, respondí. “¿Quieres comer?, ¡Di la verdad!” “Quiero comer”, dije. De inmediato empezaron abofetearme repetidamente, una docena de veces o más, y volví a caer al piso. Una bota aplastó mi pecho y alguien me electrocutó el mentón con una picana. Grité, y entonces alguien metió la picana en mi boca.

“Vamos a ver qué tan diferente es tu boca de las otras. ¿No quieres comer? Dijiste que tenías hambre. ¿Lo mereces?” La picana estaba en mi boca pero no estaba encendida. No sabía qué querían hacer.

“Gao, ¿sabes por qué no hemos destruido tu boca?”, dijo Wang. “Esta noche, los muchachos quieren que hables toda la noche. Queremos que solamente hables de lo mujeriego que eres. No tienes permitido decir que no lo eres. Tampoco puedes decir que son pocas mujeres. No olvides ningún detalle. No puedes omitir ningún detalle. Los muchachos quieren eso. No hemos comido y dormido lo suficiente; es tu turno de hablar”.

“¿Por qué no habla? Vamos, ¡golpéenlo hermanos!”, gritó Wang. Tres picanas empezaron a electrocutarme. Me arrastré de un lado a otro tratando de evitarlas; aún estaba desnudo. Después de algo más de diez minutos, ya estaba temblando descontroladamente otra vez.

Les supliqué. “No tuve una aventura. No es que no les quiero decir”, escuché que mi propia voz temblaba.

“¿Te estás volviendo loco?” dijo Wang. “Déjanos usar la picana para aclararte las cosas y ver si comienzas a hablar” Luego, dos personas me estiraron los brazos y los inmovilizaron en el piso. Usaron escarbadientes para perforar mis genitales. No puedo usar ningún lenguaje para describir la impotencia, el dolor y la desesperación que me invadió. Al llegar a ese punto, ni el lenguaje y ni la emoción tienen poder para explicarlo. Finalmente, inventé historias; les conté de aventuras que tuve con cuatro mujeres. Después de más tortura, tuve que describir mis relaciones sexuales con cada una de esas mujeres. Así continuó hasta el amanecer.

Para entonces, había sido arrastrado hasta el lugar donde debía firmar la transcripción de la confesión de mis aventuras. “Si revelamos esto, te convertirás en m*** de perro apestoso en medio año”, vociferó Wang.

Después de ser liberado, supe que al día siguiente de mi tortura, el interrogador llamado Sun Huo informó a mi esposa la “verdad” de la que se habían enterado sobre mis aventuras. Mi esposa les dijo, “No necesito que el gobierno me ayude a conocer a mi marido. A mis ojos, él es todavía quien escribió tres cartas abiertas para urgir al gobierno a que cese la persecución a Falun Gong”.

Después de ser torturado durante días, perdía a menudo el conocimiento y no podía determinar el paso del tiempo. Un grupo de ellos se preparaba para torturarme otra vez.

Sin embargo, vino otra persona y los regañó. Pude escuchar que era un vicedirector del Buró de Seguridad Pública de Beijing. Lo había visto en varias ocasiones anteriormente. Lo tenía como una persona buena.

Pero no podía verlo, porque mis ojos todavía estaban hinchados. Todo mi cuerpo estaba golpeado y cubierto de moretones. Él parecía enojado debido a mi condición, y trajo un médico para que me atendiera. Dijo que estaba horrorizado y sorprendido. Dijo, “¡Esta tortura no representa al partido comunista!”

Le pregunté: “¿Quién ordenó esto?”

No respondió. Pedí ser enviado de vuelta a casa o aun a la cárcel. Tampoco respondió. Hizo venir a mis torturadores a la pieza y los reprendió. Les ordenó comprarme ropa y darme una manta y comida. Me dijo que haría lo que pudiera, ya sea para enviarme de vuelta a prisión o a casa.

Tan pronto como el vicedirector se retiró, Wang comenzó a insultarme. “Gao, ¿aún sueñas con irte a prisión? No, sería demasiado fácil. No tendrás ninguna oportunidad en tanto el PCCh continúe en el poder. Ni lo pienses”.

Esa misma noche fui trasladado a otro lugar, pero no supe dónde, ya que me pusieron una capucha negra otra vez. Ahí fui nuevamente torturado continuamente durante otros diez días.

Después, un día, me pusieron la capucha negra otra vez y me subieron a un vehículo. Pusieron mi cabeza entre mis piernas a la fuerza y tuve que permanecer así por más de una hora. El sufrimiento era mayor de lo que podía soportar; quería morir.

Una hora después, en ese nuevo lugar, me quitaron la capucha. Cuatro de los cinco torturadores anteriores no estaban ahí. Pero vi al mismo grupo de la policía secreta que usaron para seguirme.

Desde entonces, la tortura física paró pero la emocional continuó. Me dijeron que el 17° Congreso del partido comunista había empezado y que tenía que esperar las opiniones de las altas autoridades sobre mi caso.

Durante ese tiempo, algunos funcionarios vinieron a visitarme a mi celda. Su actitud era más suave, y se me autorizó a lavarme la cara y cepillarme los dientes. Algunos funcionarios me propusieron que usara mi capacidad de redacción para insultar a Falun Gong, y podría cobrar los que quisiera por hacerlo.

Les dije que no era un problema técnico sino ético. Entonces me propusieron, “Si eso es demasiado duro, entonces escribe artículos alabando al gobierno y, nuevamente, cobra lo que quieras”. Y finalmente me propusieron, “Si escribes que tú y tu familia fueron tratados bien después de la prisión y que fuiste engañado por Falun Gong y Hu Jia [activista de los derechos humanos y disidente], las cosas irán bien. De otro modo, ¿cómo vas a encontrar un final a tus sufrimientos? Piensa en tu esposa e hijos”.

A modo de trueque, efectivamente, escribí un artículo que decía que el gobierno había tratado bien a mi familia y que escribí la carta abierta al Congreso de los Estados Unidos porque había sido engañado por Falun Gong y Hu Jia.

Antes de ser puesto en libertad para ir a casa, no obstante, fui llevado a la ciudad de Xian para que hiciera un llamado a Hu Jia.

En la fecha del Festival de Medio Otoño, las autoridades me dijeron que llamara a mi esposa para consolarla porque estaba protestando e intentaba suicidarse por el trato que el gobierno estaba dando a nuestra familia. El contenido entero de la llamada fue diseñado por las autoridades. (Después supe que la respuesta de mi mujer también fue ensayada). En ese tiempo, yo todavía no podía abrir uno de mis ojos. Ya que la llamada estaba siendo grabada, se me dijo que explicara que mis heridas habían sido auto-infligidas.

A mediados de noviembre de 2007, después de que conseguí ir a casa, me enteré de que esta había sido registrada totalmente otra vez sin un ningún documento u orden judicial.

Durante estos más de 50 días de tortura tuve muchas emociones extrañas. Por ejemplo, algunas veces realmente podía escuchar “muerte” y otras veces realmente podía escuchar “vida”.

El décimo segundo o décimo tercer día de mi secuestro, cuando pude abrir un poco mis ojos de nuevo, vi que mi cuerpo estaba en un estado horripilante. Ni un solo centímetro cuadrado de mi piel era normal. Esta contusionado y dañado en cada lugar.

Cada día de mi detención, la experiencia de “comer” fue inusitada. Cada vez que estuve a punto de morir de hambre, ellos me llevaban pan al vapor y me lo ofrecían. Si aceptaba cantar una de las tres famosas canciones revolucionarias del partido comunista, me daban un poco.

Mi deseo más profundo era vivir hasta donde fuera posible. Mi muerte hubiera sido una tortura para mi esposa e hijos; pero, al mismo tiempo, tampoco quería ensuciar mi alma. Pero en ese ambiente la dignidad humana pierde fuerza. Si no cantas esas canciones, continúas muriendo de hambre y continuarán torturándote, así que canté.

Cuando utilizaron la misma táctica para forzarme a escribir artículos atacando a Falun Gong, no lo hice. Pero cedí al escribir una declaración diciendo que el gobierno no me había secuestrado ni torturado y que había tratado bien a mi familia. Firmé ese documento.

Durante esos más de 50 días de tortura, se cometieron perversidades aún más horribles de las que he mencionado aquí. Esas perversidades no merecen estar en ningún archivo histórico de ningún gobierno humano. Pero esos testimonios nos permitirían ver claramente hasta dónde los dirigentes del PCCh son capaces de llegar con sus perversos crímenes contra la humanidad con el objeto de, ¡preservar su monopolio ilegal de poder! Esos actos innobles son tan sucios y repugnantes que no quiero ni mencionarlos ahora, y quizás nunca los mencione. Cada vez que era torturado, me amenazaban con hacerlo de nuevo si decía lo que me había pasado aquí, y me dijeron: “La próxima vez será delante de tu esposa e hijos”. El hombre alto que me jalaba del cabello me lo repetía muchas veces durante los días de tortura. “Tu muerte es segura si cuentas esto al mundo exterior”.

Me lo repitieron muchas veces. Estos actos brutales y violentos no son correctos. Quienes los cometieron, ellos mismos, lo saben muy bien en el fondo de sus corazones.

Para terminar, quiero decir algunas palabras que no van a gustar a algunos. Quiero recordarles a los llamados “buenos amigos” y “buenos socios” globales –según los términos del PCCh–, que el creciente grado de brutalidad e indiferencia contra el pueblo chino por parte del PCCh es la consecuencia directa del apaciguamiento de ambos; ustedes y nosotros (nuestro propio pueblo chino).

Escrito el 28 de noviembre del 2007, en mi acorralada casa en Beijing. Autorizado a publicarse el 9 de febrero de 2009
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