Ya tenemos sentencia sobre el Estatuto. Ahora, con serenidad y rigor, podemos analizar desde una perspectiva estrictamente jurídica el fallo... y es que no se puede utilizar mejor palabra.
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Como cuestión previa, es menester recordar que los "magistrados" de ese "tribunal" no son jueces profesionales, sino vulgares licenciados en derecho cuyo único mérito es el de la militancia ideológica. Y esto significa que los partidos designan a los "suyos" como empleados en el T.C, para que dictaminen sobre la adecuación a la Constitución de sus propias normas votadas en Cortes. Dicho sea en otras palabras, los partidos mediante sus diputados promulgan las leyes y también deciden sobre su constitucionalidad utilizando a sus magistrados en el T.C. Es sórdido ¿no?.
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La sentencia de "autos", en lenguaje jurídico sólo se puede definir, siguiendo un rancio brocardo latino, como "defecatio suma" que induce a una "vomitatis irrefrenabilis". Y esto es así, aunque la señora Casas, a la que le brilla el colmillo de oro (véase la foto) afirme lo contrario.
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El Alto Tribunal, dicho sea en honor a la justicia, empequeñece con sus actividades los eventos acontecidos en aquel sugerente patio sevillano de Don Monipodio, donde se tasaban las palizas, las puñalás y las calumnias a la luz de la luna.
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Pero mientras que el hispalense y los vallisoletanos Rinconete y Cortadillo, rufianes contumaces, no se hacían pasar por honrados escribanos, los alcahuetes del Tribunal Constitucional venden sus fatuas como elaborada doctrina jurídica, no sujeta a previo pago ni a exigencia política.
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Y los monárquicos sigue clamando "¿Os imagináis que Zapatero fuera el presidente de la III República!" ... pues sí. No es demasiado difícil. Fértil imaginación tenemos. -