jueves, 10 de noviembre de 2016

Barcelona bajo los talibanes

Muralla romana y entrada a Barcelona.
“Pero, al fin, la Divina piedad se compadeció de tanta ruina y permitió alzar su cabeza a los cristianos, pues pasados doce años Almanzor fue muerto en la gran ciudad de Medinaceli, y el demonio que había habitado dentro de él en vida se lo llevó a los infiernos.” (Crónica Silense)

El 1 de julio del año 985, los antecesores de Estado Islámico visitaron Barcelona. Siglos más tarde, concretamente entre los años 1936 a 1939, otros talibanes, pero de ideología izquierdista, desencadenaron en el terror entre los cristianos.

Sobre los primeros, Javier Esparza afirma: “Almanzor, sí, marchó sobre Barcelona. El conde Borrell II se enteró de la ofensiva y salió al encuentro de la ola musulmana. Perdió, como todos antes que él. Sencillamente, el ejército de Almanzor era demasiado poderoso. Ante la llegada de los moros, los campesinos de la región corrieron a refugiarse en Barcelona, bien protegida tras sus murallas de estilo romano. Sabemos que los fugitivos venían de Montcada y Ripollet, de Cerdañola y Vilapiscina, también de Sant Cugat. El monasterio de Sant Cugat del Vallés fue el primero en recibir el golpe sarraceno. Nueve monjes habían quedado en la casa, y los nueve fueron asesinados; después, los moros saquearon e incendiaron el monasterio. Acto seguido las huestes de Almanzor se lanzaron contra el monasterio de San Pedro de las Puelas: todas las monjas murieron (degolladas) junto a la madre abadesa, y la casa fue igualmente saqueada e incendiada. Estaba acabando el mes de junio de 985 cuando Almanzor llegaba a las inmediaciones de su objetivo. Sería una ofensiva de gran estilo: no solo las huestes del dictador de Córdoba asedian las murallas de Barcelona por tierra, sino que, al mismo tiempo, una potente flota sarracena bloquea el puerto de la ciudad condal. Una encerrona. (…)Cuentan las crónicas que Almanzor ‘la asedió e instaló los almajaneques, que arrojaban cabezas de cristianos en lugar de piedras. Se estuvieron lanzando diariamente mil cabezas hasta que, finalmente, fue conquistada’. (…) Las huestes de Almanzor lo arrasaron todo a su paso. Los arqueólogos todavía hoy encuentran, en la Barcelona antigua, la capa que los restos del incendio dejaron sobre la ciudad. (…) Las fuentes locales, resumidas por Ramón d’Abadal, no ahorran detalles: ‘Devastaron toda la tierra, tomaron y despoblaron Barcelona, incendiaron la ciudad y consumieron todo lo que en ella se había congregado, se llevaron todo lo que escapó a los ladrones; quemaron en parte los documentos, cartas y libros, y en parte se los llevaron; mataron o hicieron prisioneros a todos los habitantes de la ciudad, así como a los que entraron en ella por mandato del conde para custodiarla y defenderla; redujeron a cautiverio a los que quedaron con vida y se los llevaron a Córdoba, y desde alli fueron dispersados por todas las provincias’. Los que habían huido a protegerse dentro de las murallas fueron asesinados o esclavizados“.
Placa conmemorativa que se encuentra en el claustro de la catedral de Barcelona

Respecto a los segundos, los talibanes de la izquierda, los datos históricos son estremecedores: torturaron y asesinaron a más de 930 sacerdotes y monjas, incluyendo al obispo de la ciudad, monseñor Irurita; fusilaron a todo sospechoso de ser “una rata de misa”; incendiaron iglesias, arrasaron los seminarios y destruyeron el patrimonio artístico. Sin embargo, no todas las víctimas de aquel periodo fueron los católicos, ya que los estalinistas también quemaron vivos a sus enemigos troskistas y desollaron vivo a su líder, Andrés Nin. Los terroristas de Estado Islámico han quemado a infieles en jaulas, ante el estupor general, pero los seguidores de Stalin, en Barcelona y no hace tantos años, introdujeron a seres humanos en las calderas encendidas del antiguo Hotel Colón que se encontraba en Plaza de Cataluña.
Monumento a Luis Companys, 

Uno de los máximos responsables de las atrocidades perpetradas contra los civiles en Cataluña durante la Guerra Civil fue el nacionalista catalán Luis Companys, el máximo dirigente político de la región, que se jactó a principios de 1939 de que ya no quedaba ni un solo fraile vivo en Cataluña. Y este asesino en serie, este criminal de reconocida eficiencia criminal, tiene un monumento en Barcelona y una calle lleva su nombre. 
Casa Drácula o Palau de la Pestositat.
Casa Drácula, residencia oficial de Companys durante varios años, fue uno de los lugares en los que se planearon las matanzas de civiles y el exterminio sistemático de sacerdotes y monjas. En la década de los 80, los separatistas catalanes convirtieron Casa Drácula en la lonja del embuste, de las comisiones ilegales y la malversación de caudales públicos. 

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